lunes, 2 de noviembre de 2009

El Commento Real : Atlanta 1 - Los Andes 3


SOBRE LLOVIDO MOJADO

¡Que manera de caer agua, mi fiel escudero! Llegué a mis aposentos, tras el partido, con las calzas y las golas empapadas y la armadura herrumbrada y con ocres manchas de óxido alrededor de los agujeros que le han producido tantas y tantas batallas.
Pero sobretodo desensillé de mi rocín profundamente apesadumbrado por la humillante derrota que nos propinó el milrayado de Lomas y que le costó sólo media hora de juego.
Confieso que había arribado a nuestro reducto villacrespense envuelto en una manto de optimismo – aún más abrigado que el habitual- producto del buen papel que nuestra querida escuadra había protagonizado unos pocos días atrás, en los pagos de José Ingenieros.
Aún sabedor del miedo escénico que le produce a nuestros players jugar en los terrenos aledaños al ferrocarril San Martín, ante su público y con la obligación de ganar, alimentaba la esperanza (infundada, por cierto) de que la mejoría manifestada de visitante, tendría en este lluvioso sábado su correlato como dueño de casa.
¡Una vez más me he equivocado en esta vida! ¡Una vez más la terquedad de mis sueños juveniles fueron derrotados por el duro cachetazo que suele darnos la cruel realidad!
El entrenador Alonso sacaba a la cancha la misma formación que fue despojada del triunfo contra Almagro, para enfrentar al irregular equipo de Los Andes: Don Rodrigo al arco; Nico Cherro, el salteño Arancibia y Segovia en el bajo fondo donde el barro se subleva. La línea de volantes con el petizo Lolli, el pachorriento Catalán, el rutilante Rutili y Juan Galeano. Para enganchar con los delanteros el mágico González y en la vanguardia el Torito Guzmán y el pibe Sosa.
La cosa empezó como ya la conocemos: Atlanta tratando de hacerse del útil de cuero y otorgársela al Mágico, para que este disponga de su mejor destino. Y González, por lejos único en condiciones de jugar ese rol, a veces a acierta y a veces no. Tiene sus días, como todos los tocados por la varita de Dios.
Y entonces,cuando él la tiene, se desprenden Lolli y Guzmán por las puntas, siendo este el argumento más utilizado, aunque no siempre el más productivo.
Pero los zamoranos, que como todo conjunto que se llega a Villa Crespo, viene en plan conservador y amarrete, se encontró a los 17’ con un rebote dado por Don Rodrigo (tiene cien años de perdón) y Ávalos que pasaba por ahí puso el 1 a 0, que hasta ese momento ninguno merecía.
Y allí comenzó un torrente de calamidades, que terminaron por minar toda posibilidad de reacción del equipo bohemio: a los 22’ Gonzalo Sosa sufre una grave lesión en un choque con un defensa de Los Andes y la imagen viéndolo subir a la ambulancia que impacta sensiblemente sobre público y jugadores .
A los 34´, el grandote Jiménez define con exquisitez sobre la cabeza del portero local. Siete minutos después, un tiro libre desde la derecha se desvía en Molfeso y liquida el pleito.
Si bien poco había hecho los huéspedes por obtener las glorias de la victoria, no había desaprovechado ninguna de las enormes ventajas obsequiadas por el elenco local.
Mal Catalán a la hora de detener enemigos, flojo también Rutini en esa función. Desconocido Segovia con muchas dudas y hasta los baluartes Arancibia y Llinás no brindaban las garantías acostumbradas.
El dudoso penal cobrado por Mainieri, sobre el final de la etapa, le da un poco de oxígeno a las maltrechas ilusiones bohemios. Es atajado, en primera instancia, por el arquero Díaz, pero el juez se apiada del sufrido público – a estas alturas totalmente empapado- y le da una segunda oportunidad, que el goleador obligado de los villacrespense, esta vez no desperdicia.
El segundo tiempo estuvo de más, o mejor dicho sólo sirvió para probar la inexplicable fidelidad y estoicismo de los hinchas hacia el club de sus amores.
Por lo mostrado en el campo de juego, era más fácil que Cháves se dé un baño de inmersión a que Atlanta pudiera empatar el partido.
Con el ingreso del díscolo Quiroga, los bohemios pasaron a dominar las acciones, ante un Los Andes que se recostó sobre su arquero esperando que la ineficacia de los jugadores rivales y la lluvia sobre el campo, le hicieran ver con tranquilidad como el reloj marcaba las horas y las chances atlantes se ahogaban en el pantanal.
Entró Rolón por un dolorido Lolli, pero nada cambió.
Por fin el árbitro dio por terminado el encuentro para que los jugadores dejaran de resbalar inútilmente por el barro, sin acercarse a ninguno de los dos arcos. Los unos por lógico conformismo, los otros por preocupante impotencia.

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